
En esta ocasión, queridos amigos del blog, no escribo para contarles algo simplemente. Les escribo para compartir con ustedes, que tanto me quieren y oran por mi, mi testimonio personal y sacerdotal de lo que se vivió el sábado 21 y domingo 22 de junio en la localidad de Rio Tercero en un Retiro-Taller que prediqué.
Como les cuento en la entrada más abajo, fue un retiro muy bendecido, como cada cosa que verdaderamente Dios lleva adelante. Pero debo decir que, personalmente me llegó mucho y me tocó mucho.
Durante mucho tiempo yo había preparado las predicas, pensando, orando, estudiando, meditando, creando para Dios, en fin... hasta ahí, como siempre.
Ya al acercarse el día del Retiro, me di cuenta de que no había logrado clarificar alguna idea para predicar el día domingo en la misa de clausura del Retiro. Todas las predicas estaban armaditas, pero la homilía de la misa de claurusa se resistía a florecer en mi mente y en mi corazón. Sólo sabía cual sería la temática. Debía ser una temática oportuna para cerrar lo que sabía y creía que sería un retiro maravilloso, como lo fue. Latemática sería: El don del amor.
Pero, a decir verdad, hasta el momento de la homilía, el Señor me había inspirado el tema de la homilía, pero ni una sola idea más...como sacerdote y como predicador me veía en un gran aprieto...
Claro que hice el acto de fe y abandono en el Espíritu Santo y comencé. No sé muy bien lo que dije, pero les aseguro que durante la predica fui inundado por una unción tan grande y sentí hasta físicamente que el amor de Dios me llenaba. Por momentos debí hacer silencio ya que la emoción me estremecía y estaba a punto de largarme a llorar. Sé que es mucho lo que voy a decir, pero en ese momento el Señor me dejó sentir gozo y tristeza al mismo tiempo. Gozo porque, de hecho me sentí invadido por su amor, pero también dolor al ver cómo los hombres rechazamos su amor. Particularmente los cristianos y los carismáticos que, por buscar dones espectaculares y llamativos, han dejado de perfeccionarse en el don del amor.
Tal emoción y llanto volvió de una manera más intensa aún al momento de la consagración. No podía decir las palabras santas de la consagración, me costó mucho. Toda la plegaria Eucarística fue muy sentida y cada palabra resonaba en mi pecho con gran fuerza. El punto máximo de la emoción interior y el llanto fue en la comunión. Yo sabía que no iba a poder dar la comunión por el llanto y pedí a dos servidores ministros de la Sagrada Comunión que me ayuden. Me fue a la sede y alli, la sensación de dolor pasó. Todo lágrimas en gozo y paz al sentir que los hermanos al comulgar, realmente estaba recibiendo el don del amor.
Doy gracias al Señor y le pido que siga obrando en mi corazón. Que pueda estar abierto a su amor, que ame cada día más a todos los hombres y que sea ese amor, el origen, el impulso y el fin de este ministerio de predicación al que me ha llamado. Gloria a Dios.
"Aspiren a los dones más perfectos..." 1 Co. 12, 31
"Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles,
si me falta amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios
- el saber más elevado -, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes,
si me falta amor nada soy.
Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo,
pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve.
El amor es paciente y muestra comprensión.
El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla.
No actúa con bajeza ni busca su propio interés,
no se deja llevar por la ira y olvida lo malo.
No se alegra de lo injusto, sino que se goza de la verdad.
Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo.
El amor nunca pasará.
Las profecías perderán su razón de ser,
callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado.
Porque este saber queda muy imperfecto,
y nuestras profecías son también algo muy limitado;
y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá...
Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor;
las tres, pero la mayor de estas tres es el amor".
1 Co. 13.