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Mostrando entradas con la etiqueta Espíritu Santo. Mostrar todas las entradas
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sábado, mayo 16, 2009

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO (Cardenal Mercier)

"Voy a revelaros un secreto de felicidad y santidad. Si cada día, durante cinco minutos, sabéis callar a vuestra imaginación, cerrar los ojos a las cosas sensibles y los oidos a las cosas de la tierra para entrar dentro de vosotros mismos, y allí, en el santuario de vuestra alma bautizada, que es el Templo de Espíritu Santo, hablad a ese divino Espíritu diciéndole:

¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma! Yo te adoro, ilumíname, guíame, consuélame, fortaléceme, dime que debo hacer, dame tus órdenes. Te prometo someterme a todo lo que quieras de mi y aceptar todo lo quepermitas que me suceda; solamente te pido conocer tu voluntad.
Si hacéis esto, vuestra vida se deslizará feliz, serena y llena de consuelo, aún en medio de las penas, porque la gracia será proporcionada a la prueba dándoos fuerza para soportarla, y llegaréis a las puertas del paraíso cargados de méritos. Esta sumisión al Espíritu es el secreto de la Santidad".

lunes, mayo 12, 2008

¿QUÉ TAL VIVISTE PENTECOSTÉS?

QUÉ LINDO SERÍA QUE PUEDAS DEJARNOS TU MENSAJE ENTRE LOS COMENTARIOS Y CONTARNOS BREVEMENTE CÓMO VIVISTE EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS...¿EN TU PARROQUIA? ¿EN ALGÚN RETIRO O CONVIVENCIA? ¿CÓMO FUE LA EXPERIENCIA DE LA COMUNIDAD Y LA TUYA PERSONAL? DALE, ANIMATE A COMPARTIR Y DAR TESTIMONIO DE LO QUE EL ESPÍRITU SANTO HIZO EN VOS...

miércoles, mayo 07, 2008

Salmo de alabanza (Preparación a Pentecostés)

A ti gritamos de gozo, oh Dios, nuestra fuerza;
a ti aclamamos con el corazón lleno de júbilo.
A ti entonamos nuestra salmodia, para ti tocamos;
nuestros instrumentos musicales quieren alabarte,
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Reunidos te damos gracias, porque has estado grande con nosotros;
tú cuidas de nuestras vidas más que de los lirios del campo;
tú te preocupas de nosotros, más que de los gorrioncillos.
A los lirios, Señor Dios, no les falta belleza ni colorido;
a los pajarillos, Señor Dios, no les faltan migajas de pan.
A nosotros, Señor Dios, nos has regalado con tu amor y lealtad.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Nos has ayudado a llevar la carga sobre nuestros hombros;
el peso no lo hemos notado porque tú lo aligeraste;
tus manos se han hecho manos nuestras, manos enlazadas;
tus pies se han hecho pasos nuestros, camino de la cumbre.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Aunque, Señor, has puesto a prueba nuestra fidelidad,
siempre has estado de nuestra parte, aún en lo más duro.
Hemos escuchado tu voz, somos tu pueblo escogido,
y queremos abrir el corazón de par en par para seguir escuchándote.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Somos tuyos, Señor, y hoy renovamos contigo la alianza;
no nos dejes ir tras dioses extranjeros, de paja y barro,
que esclavizan, tiranizan y oprimen a los pueblos que les sirven.
Tú eres nuestro, oh Dios; nosotros somos tuyos para siempre.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Hoy queremos hacer de tu ley norma de vida en nuestra vida;
queremos obedecer tu mandato y ser dóciles a tu palabra;
no nos abandones nunca a la dureza de nuestro pobre corazón,
y haz que caminemos siempre por tus caminos de paz y bien.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Contigo nuestra comunidad seguirá por buen camino,
y nuestros proyectos e inquietudes tendrán en ti respuesta;
abate los peligros que la marcha presenta a cada paso,
y aliéntanos, Señor, con la fuerza de tu Espíritu.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

Danos un corazón limpio y sincero, que se abra siempre a la luz;
susténtanos con tu poder, danos en alimento la flor del trigo.
Danos un corazón libre y verdadero, capaz de ilusiones y utopías;
sacia nuestros deseos profundos con la miel del romero.
¡Hoy es día de fiesta: gocémonos en el Señor, Dios nuestro!

¡Amén, aleluya! Para ti, Señor, nuestro canto y nuestro aplauso.
¡Amén, aleluya! Para ti, Señor, nuestro corazón joven que te aclama.
(Salmo 80)

martes, mayo 06, 2008

Nos seguimos preparando para Pentecostés (Carta del Espíritu Santo para orar y meditar)

Querido amigo: PAZ y BIEN.
¿Cómo te sientes? ¿Cómo te encuentras?
Recibe esta sencilla carta con la que quiero hacerme más presente en tu vida y ayudarte a descubrir cómo actúo en tu corazón.

Son demasiados los cristianos que se contentan todavía con orar únicamente al Espíritu Santo cuando tienen que tomar una decisión importante... ¡O cuando tienen que pasar un examen difícil! ¿Te encuentras tú entre ellos? ¡Qué lamentable reducción de su papel! Si la vida cristiana merece ser llamada vida “espiritual” es por ser una vida suscitada y mantenida por el Espíritu.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, habito en ti? Eres tan hijo de Dios que el Padre te concede exactamente el mismo don que hizo a su Hijo amado. No cesa de enviarme a ti, que soy el beso perpetuo del Padre a sus hijos. Eres mi templo vivo. Por eso, debes cuidarte mucho, en todos los sentidos. Y, también, a los demás.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te divinizo? Mi presencia en ti es dinámica, transformadora. Por mí, el Padre te hace partícipe de “la naturaleza divina” (2P 1, 4), te comunica su propia vida (Cf. Jn 3, 3-5). Esta transformación del fondo de tu ser te vuelve “gracioso” a los ojos del Padre y capaz de complacerle de verdad.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te purifico? ¿A que es verdad que necesitas renovarte, convertirte, purificarte? Porque no vives siempre como debiera un hijo de Dios. Te purifico ayudándote a reconocer tu verdadera culpabilidad ante Dios (Cf. Jn 16, 8-10). Suavizo tu corazón para que no persistas en tu orgullo. Curo tus heridas y renuevo el fondo de tu corazón. Los sacramentos son auténticos baños de juventud que te invitan a dejarte rejuvenecer. ¿Recuerdas esta oración, tomada de la liturgia de la Iglesia, con la que me pides: “Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”.
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te animo? Estoy al principio de tu fe. Decía Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es en el Espíritu” (1 Cor 12, 3). También decía Jesús a sus apóstoles que nadie puede ir a Él sin que le traiga el Padre. Es decir, sin el Espíritu que el Padre te envía para que te proyecte hacia su Hijo Jesús. Estoy al principio de tu esperanza. Decía Pablo a los romanos: “Que sobreabunde la esperanza en vosotros por la virtud del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). Gracias a mí puedes vivir intensamente el momento presente y afrontar y vencer las tentaciones cotidianas y frecuentes de la vanidad, el desánimo, la inquietud o la angustia. También estoy al principio de tu caridad. Gracias a mí puedes amar al Padre con todo tu corazón y ofrecerte a El.
Gracias a mí también puedes amar a Jesucristo y amar a tus hermanos, con el mismo corazón de Dios, con ese “corazón nuevo” que pides que Dios te dé. Por último, estoy al principio de tu conducta moral. Gracias a mí puedes vivir las Bienaventuranzas evangélicas. Puedes vivir algunos de estos frutos (del Espíritu Santo), de los que habla Pablo: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí” (Gál 5, 22-23).
¿Sabías que yo, el Espíritu Santo te ayudo a orar? Soy, de manera especialísima, el animador de tu vida de oración, porque “nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Te ayudo, cuando oras, a acogerme como el don que el Padre te da por su Hijo Jesús. Entonces tu oración se vuelve apertura al amor del Padre. Y te dejas invadir por el río de agua viva que viene del Padre y pasa por su Hijo Jesús. Te ayudo, cuando oras, a dejarte llevar por el impulso del Hijo hacia el Padre, que te hace repetir con amor y confianza: “¡Abba! ¡Padre!”. En lo más hondo de ti me uno a tu corazón para que puedas exclamar: “¡Abba! ¡Padre!”. Te invito, al orar, que me acojas como el que viene a colmar tu corazón y a regenerarlo. Y, también como el que te lleva al Padre.

¿Sabías que yo, el Espíritu Santo, te impulso con mis dones? ¿Percibes, en el fondo de tu corazón, mi impulso? ¿Te sientes movido por mi? Decía Pablo a los romanos: “Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que están movidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). Si lo percibes y lo sientes, te darás cuenta de que ya no hace ninguna falta que remes con la fuerza de tus puños para avanzar hacia Dios: el Viento sopla las velas de tu vida. La tradición cristiana llama dones (del Espíritu Santo) a estas velas que, bien desplegadas, te permiten aprovechar plenamente mis invitaciones y sugerencias. Estos dones son, también, radares, unas antenas muy finas que te permiten captar nuevos mensajes. Antenas que funcionan tanto mejor cuando lo hacen a menudo. Eso supone que has de estar a la escucha de mis enseñanzas interiores que sólo se revelan a los corazones que son muy sencillos y que están persuadidos de no merecer nada. El silencio de la oración te ayudará a todo esto.

¿Has tenido la experiencia, alguna vez, de que te “golpeara” algún pasaje del Evangelio con una enorme fuerza? ¿Qué pasó en ese momento? Fui yo el que hizo resonar en tu corazón esas palabras de Jesús, que tu memoria había grabado sin concederle mucha importancia. Fui yo el que provocó ese cambio profundo en tu existencia.

Si quieres crecer en la vida cristiana debes dejarte invadir y transformar cada vez más por mi. Sintiéndote lleno de mí puedes lanzarte hacia Dios y hacia tus hermanos con un gran corazón dilatado. ¿Sabes cuáles son mis dones? Recuerda lo que decía el profeta Isaías: “Brotará un retoño de la cepa de Jesé (padre del rey David). Sobre él reposará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor de Dios” (Is 11, 1-2).
Con el temor filial quiero que descubras tu condición de criatura necesitada. Que experimentes la bienaventuranza de los pobres de espíritu. Que te llenes de sencillez. Que desees evitar todo aquello que ofenda la infinita ternura que Dios te tiene.
Con la piedad filial quiero que avances hacia Dios con sencillez y confianza. Sin ningún temor y lleno de gozo.
Con el consejo quiero que aprendas a discernir espiritualmente, a ver lo que tienes que hacer para complacer a Dios. A saber acompañar a los demás en su búsqueda de Dios.
Con la fortaleza quiero comunicarte la energía misma de Dios para que sepas combatir en la lucha diaria, buscando cumplir la voluntad de Dios. Con ella sabrás vivir y afrontar todas las dificultades.
Con la ciencia quiero que aprendas a ver a Dios actuando en el mundo, en la naturaleza y en los acontecimientos de la historia. También, que descubras su providencia obrando en el mundo y actuando en tu vida.
Con la inteligencia quiero que comprendas mejor los misterios de Dios. Que sepas leer e interpretar los mensajes de amor de Dios. Que llegues a la Verdad. Dios desea que descubras su amor a través del gran libro de la naturaleza y de la historia, pero también y sobre todo a través de los libros de la Biblia.
Con la sabiduría quiero que gustes el sabor de Dios: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 34 (33), 9). Dios quiere que gustes en lo más hondo de tu corazón la alegría de estar invadido por mí.
El Espíritu de Dios

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